Una mirada desde la educación física

Un estilo de vida físicamente activo en las niñas y niños resulta en un impacto positivo en el desarrollo de huesos fuertes, articulaciones sanas y un corazón eficiente (European Heart Health Initiative, 2001). Más aún, la obesidad y las enfermedades cardiovasculares tienen sus raíces en la infancia, haciendo  particularmente importante los niveles de actividad en este grupo etario, de manera de reducir el posterior impacto sobre el sistema de salud (Seefield et al., 2002, como se citó en Waring et al., 2007).

El estudio de Waring et al. publicado en la Revista Europea de Educación Física, concluye que los datos recabados confirman que la escuela primaria no aprovecha su potencial para ser un buen lugar para promover la actividad física.

No cabe duda que la escuela es el lugar ideal para promover la actividad física y un estilo de vida saludable, y que estos comportamientos se mantengan en el largo plazo, ya que los niños asisten regularmente y por años.

Los aprendizajes a temprana edad son cruciales para una posterior adherencia a la actividad física, por lo que las experiencias tanto en la escuela como extra curriculares son extremadamente importantes.

Desde nuestra  forma de ver y entender la disciplina, parece no ser suficiente el cambio de la sala de clases a la cancha, ya que esta adopta un rol de aula, la cual contiene las mismas limitaciones de espacio y creatividad, no invita sino que obliga a experimentar el movimiento.

Cuando analizamos a los niños en su forma más primitiva, instintiva y natural, al verlos jugar libremente, podemos observar que el movimiento es algo natural, intrínseco a la persona y que no necesita ser intencionado, sino que sólo requiere espacio, tiempo y contexto.

El contexto pedagógico ideal en el cual los niños se desenvuelven, según Sue Waite (2011), es aquel ambiente de disfrute, una forma de “deseo” que contiene cualidades afectivas y motivacionales, en particular en contextos educativos al aire libre. A su vez, los hallazgos de Gray et al. (2015), resaltan la importancia no sólo de disponer de tiempo en el horario de los niños para el juego no estructurado al aire libre, sino también de incorporar el juego a los contextos estructurados como la escuela y el jardín, como constitutivo de los procesos formativos y promover una vida activa saludable. Asimismo, estos autores analizan sistemáticamente  la relación tiempo al aire libre con actividad física, fitness aeróbico, fitness músculo-esquelético, comportamiento sedentario y desarrollo motor en niños de entre 3 y 12 años, encontrando efectos positivos en general.

En Chile la educación en la naturaleza es abordada por iniciativas Forest School o Bosque Escuela, por lo cual nuestro análisis se sitúa a partir de éstas. El Forest School es un método basado en prácticas escandinavas, a través del cual los alumnos asisten regular y sistemáticamente, por un período de tiempo extendido, a un entorno natural (en particular algún bosque local) para aprender activamente (O’Brien, L., 2009). Su impacto es positivo en los niños en términos de confianza, habilidades sociales, lenguaje y comunicación, motivación y concentración, habilidades físicas y conocimiento (O’Brien y Murray, 2006).

Por otra parte, ya específicamente desde la cuantificación en nuestra disciplina, Rebecca Lovell (2009), evalúa el programa “Forest School” como fuente de actividad física durante el horario escolar, demostrando que esta aumenta en frecuencia, duración e intensidad.

Las conclusiones de los estudios anteriores, validan la efectividad de las prácticas educativas en la naturaleza como estimulador del movimiento.

Retomando lo mencionado en un comienzo es relevante aprovechar el vínculo entre el movimiento físico y el entorno natural para lograr la adhesión de los niños a la actividad física, para así asegurar prácticas continuas en el tiempo.

El espacio natural ofrece una herramienta perfecta para desarrollar la psicomotricidad del alumnado, permitiendo libertad de movimiento y amplitud de espacios para actividades, y ofreciendo nuevos retos motrices que requieran de diversos movimientos o conocimientos para su resolución (Verdugo Álvarez, A., 2019).

Como vemos, Forest School o el aprendizaje en la naturaleza nos aporta ventajas y oportunidades frente al aprendizaje indoor o en el aula. Esta metodología ofrece, tanto al alumno como al docente, un gran número de beneficios y experiencias, difíciles de conseguir de otro modo.

 

Carola Puschel Lovengreen

Septiembre 2020

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